No habían pasado ni dos minutos después de las 12 de esa noche de Navidad, cuando la pequeña Estefanía ya estaba saltando en su nuevo caballito Ponypong Saltarín de Otto Krauss, ese que tanto quería. Su madre emocionada, siguió a la pequeña jinete hasta el patio y exclamó:- “¡Estefita mi amor, agárrate de las orejas para que no te caigas!”. Estefita, sin reclamos, le hizo caso a su madre y con firmeza se tomó las orejas mientras cabalgaba rauda por el patio de baldosa. El porrazo que se pegó segundos después y la vergüenza ante tal chascarro la hicieron ponerle riendas de cordones a su corcel y nunca más obedecer las palabras textuales de su madre.
RM.
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